Resena

Reseña

Quédate con nosotros, Señor, porque atardece

Álvaro Pombo

Por Rafael Martín
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Quédate con nosotros, Señor, porque atardece

Álvaro Pombo

Resumen

En un pequeño convento trapense situado al sur de Granada, en el caserío de La Gorgoracha, aparece ahorcado el padre Abel, uno de los monjes, y a pesar de que ha sido un suicidio, el prior ha tomado la decisión de declarar el hecho como muerte accidental. El impacto brutal que lo ocurrido provoca en cada uno de los cinco miembros de la...

2 de Julio de 2013

No es la primera vez que nos encontramos, en la obra de Álvaro Pombo, con el versículo del Evangelio de Lucas que da título a su última novela. Estaba claramente enunciado en su Premio Planeta ‘La fortuna de Matilde Turpin’, y parcialmente escondido entre las páginas de su primera incursión en la narrativa, ‘Relatos sobre la falta de sustancia’, texto publicado en 1977, el año de su regreso a España desde Londres.

En este se altera el imperativo original “Quédate” por el más humilde “Ten misericordia”, porque la invocación la realiza un sacerdote enfrentado a sus culpables inclinaciones. Ahora, las tinieblas que presagia el título son las que rodean la pérdida de la fe, pero también las que se adivinan desde el declinar vespertino de nuestras vidas. Es el suicido del hermano Abel, monje en una pequeña comunidad trapense granadina, el suceso que devuelve al mundo a los aislados y silenciosos habitantes del convento que, bajo la dirección del prior, intentan encajar lo ocurrido y preservarlo de la curiosidad exterior.

Pombo dirige nuestra atención hacia el dilema, no resuelto por Abel, entre la exaltación del yo que encierran sus tendencias literarias y su disolución en el ritual religioso, entre el diálogo con uno mismo a través de la expresión escrita o con Dios mediante la oración. Y es que la escritura individualiza mientras que las ascéticas reglas del convento buscan la feliz anulación de la conciencia individual en una mística comunión con Dios. Además de la sentencia evangélica del título, encontraremos aquí otras constantes en la obra de Pombo: ese característico rasgo de estilo que le lleva a recrearse en la repetición allí donde otros buscarían sinónimos, o el trazo seguro a la hora de dibujar a los personajes secundarios, en este caso los que viven extramuros: la condesa de la Vela, amiga de juventud del prior y benefactora de la orden; su perpetua acompañante la agnóstica Margareta; o Miguel, el zafio e interesado sobrino de Abel.

Pero sobre todos ellos se impone la figura de Miguel Beltrán, periodista y amigo de juventud del suicida, que arremete desde su columna contra el silencio culpable de los monjes y la ocultación de los documentos de aquel, en los que quiere encontrar el reconocimiento del fracaso espiritual de la comunidad. Con el interés del grupo de Belarte por los escritos de Abel, nos habla también Pombo de ese afán tan extendido por hacer público aquello que no puede ser sino privado, un empeño que en realidad solo persigue encontrar las miserias niveladoras que confirmen la pertenencia de todos al rebaño, y así convertir en común lo que pretendía ser distinto.

Creo, por otra parte, no descubrir nada concluyendo que a la silenciosa impostura de Abel para el que “escribir es un intento impío de autocomprensión que deja a Dios de lado”, el autor opone la gozosa creación literaria como medio particular de redención. Hasta aquí lo destacable, el resto es un discurso doctrinario que entusiasmará a algunos pero que alejará a parte del lectorado, y aunque convoque a Hegel, Husserl o Kierkegaard para sostener sus disquisiciones filosóficas, el planteamiento teológico de Pombo recuerda, más bien, cierta literatura confesional caída ya en el olvido.

Nada que objetar, sin embargo, a un autor que acumula todos los premios literarios del país, aunque ese testimonio piadoso que supone la novela lo quieran enmarcar, algunos trasnochados, con antiguas y desafortunadas declaraciones del escritor. 

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