Resena

La saga de los longevos

Eva García Sáenz

Resumen

  ¿Qué harías si tu jefe, un experto arqueólogo, te confesara que nació hace 10.300 años? Iago del Castillo, un carismático longevo de 10.300 años al frente del Museo de Arqueología de Cantabria, se ve arrastrado, en contra de su voluntad, a dirigir una investigación genética: sus hermanos Nagorno —un conflictivo escita de casi 3...

24 de Diciembre de 2012

Cómo este libro vio la luz en el papel es para escribir un relato, pero eso lo dejaremos para la entrevista que acompañará esta reseña. La saga de los longevos oscila entre la ciencia/historia-ficción, intriga, historia de amor intemporal, e incluso aborda temas trascendentales sobre la vida humana: el paso del tiempo, la familia, la lealtad, la amistad…; se nota que ha sido escrita con el corazón en una mano y el cerebro en otra. Por una parte se dirige a nuestros sentimientos y por otra a nuestra razón. Y ambos resultan tocados, impactados por el choque que supone leer estas páginas. Sin ser espectacular, sin necesidad de crear un mundo especial, naves que viajen por el espacio y reinos perdidos de humanoides o seres de otro nivel, alienígenas o guerras galácticas, sin salir de nuestro pequeño mundo, la autora imagina una  familia de seres humanos muy peculiar: los longevos, de apariencia igual a la nuestra, que viven junto a nosotros, como actualmente  convivimos con otros seres que han sufrido o sufren distintas mutaciones genéticas, incluso los integramos en la vida cotidiana. 

Los longevos de esta novela son hombres y mujeres como nosotros, con una apasionante diferencia: su crecimiento físico se paraliza alrededor de la treintena, aproximadamente, y siguen viviendo durante milenios, adaptándose a las distintas épocas que se suceden, y, salvo muertes violentas (guerras o asesinatos), no enferman y no mueren de modo natural: no envejecen. Por alguna causa desconocida se sus células se renuevan, manteniendo jóvenes y en la plenitud de su fuerza física a los personajes de esta narración. Algo que de siempre el ser humano ha buscado: la vida eterna. Fausto, Frankenstein, Nosferatu… La victoria frente a la vejez, el deterioro físico y el postergamiento de la muerte. Sin embargo, esta longevidad se produce por azar: como todas las mutaciones genéticas. Sus cromosomas son distintos. Iago del Castillo, uno de los personajes centrales, lo resume en un intento de explicárselo a su amada: «El caso es que no somos inmortales -podemos morir por accidente, enfermedad, armas…-.

Simplemente, cuando llegamos a la década de los treinta, cuando un cuerpo humano comienza a envejecer, nosotros no lo hacemos. Eso nos mantiene con una apariencia de eterna juventud durante siglos, milenios, o el tiempo que nuestro instinto de supervivencia nos permita. Lo que quiero decir con esto, es que no somos, para nada, seres sobrenaturales, ni tenemos ningún tipo de superpoder. Somos gente que cuando le tocaba envejecer no lo hizo, y nosotros mismos estamos buscando el motivo científico de nuestra longevidad extrema». Lür/Hector, (28.000 años) el patriarca paleolítico cántabro,  Urko/Iago, el primer hijo longevo,(10.300 años) de ojos azul hielo, Nagorno/Jairo,(2.700 años) el hijo escita, salvaje y brutal, y Lyra/Kyra, (2.500 años) la hija celta que desea tener una familia normal  a través de milenios. Una cuarta hija, Boudicca, muere apaleada en la Britania romana ante los aterrorizados ojos de su longeva parentela, durante una rebelión. Por otro lado, tenemos un pie en tierra: el personaje de Adriana representa la parte cotidiana y realista; arqueóloga treintañera originaria de Santander, mujer independiente y fuerte, de conflictiva vida familiar, se asienta en su tierra natal tras años viviendo y trabajando en Madrid, después del suicidio de su madre, el alejamiento del padre y la ruptura con su novio. Adriana es un personaje psicológicamente muy trabajado, una mujer que trata de mantenerse en guardia para no ser herida por el mundo exterior,  pero que no puede evitar la tremenda atracción de unos milenarios ojos azul hielo. La acción, principalmente desarrollada en Santander es situada en esos parajes muy detalladamente por la autora, que los conoce bien. El tempo es paulatino, dosificado,  el ritmo va in cescendo hacia el final. Y hay saltos hacia atrás, empezando por el primer capítulo, con el ataque de amnesia de Iago, y sus subsiguientes recuerdos, que le asaltan en algunos momentos fuertemente emotivos, y que permiten al lector revisitar la Historia. Dos perspectivas desdoblan el punto de vista, narradas ambas en primera persona;  Iago del Castillo, por una parte, rememorando de vez en cuando momentos pasados, en distintas épocas, momentos que le han marcado profundamente, como es el nacimiento de Kyra, o el de Jairo, y la insoportable vida junto a él;  la muerte de Boudicca, etc., intercalando esos recuerdos históricos con la vida que lleva en la actualidad y las relaciones con su extraña familia y en el trabajo, el Museo Arqueológico de Cantabria (MAC).

La otra parte es contada por Adriana, la bella arqueóloga que por azar viene a encontrarse con esta peculiar familia al ser contratada en el MAC por su demostrada competencia en la materia. Cuenta a su vez las obsesiones familiares que la atenazan, hasta que éstas entran en relación con la increíble familia, generándose una trama de intriga que en algunos momentos roza el thriller. Los longevos, a pesar de su apariencia normal, mantienen tradiciones ancestrales, reuniéndose durante miles de años para las celebraciones de los equinoccios, los ritos lunares y la caza, ejercicio/afición que mantienen y que les identifica. De hecho, es la escena de caza lo que hace que Adriana consiga aceptar con sus ojos lo que su cerebro le niega. Escena muy lograda por la autora, que ha de convencer al lector de que no está contando un disparate, que podría ser así. Acumulando en sus milenarias mentes historia, lenguas, conocimientos, buscando incansablemente el gen que les ha convertido en longevos, para perpetuarse en otros longevos, hartos de ver morir a sus esposas e hijos a lo largo de cientos y cientos de años, investigando constantemente los últimos descubrimientos científicos relacionados con el ADN y las investigaciones sobre los telómeros, media familia intenta reproducir longevos y la otra media intenta impedirlo, para evitar sufrimientos. Hasta en estos ancestrales personajes se da algo universal: la lucha entre hermanos, Caín y Abel, la eterna tensión entre barbarie y  civilización, violencia bruta y razón. Y al mismo tiempo, un cierto cansancio de vivir, como el lamento de Nosferatu. La novela atrapa y atrae desde el primer capítulo, está escrita de modo ágil y correcto, se lee bastante bien, incluidas las digresiones científicas o aqueológicas, aunque la trama relativa a la madre de Adriana queda un tanto confusa, o al menos parece un poco cogida con alfileres, quizás no hubiera hecho falta introducirla, ya que la novela igualmente hubiera funcionado bien, o al menos, eso opino. Pero lo fundamental es que la idea de la existencia de los longevos  consigue hacerse verosímil, al contrastarlas con las otras mutaciones existentes actualmente, como la contraria, la de los jóvenes o niños con envejecimiento prematuro, por ejemplo. Y todos recordamos el relato de Benjamin Buttom, de Scott Fitzerald, que aceptamos sin ningún planteamiento científico. La imaginación y la realidad se entremezclan en esta novela. En esta ocasión, la autora nos brinda multitud de datos científicos ampliamente documentados, tanto en la parte arqueológica, paleontológica e histórica, así como la parte científica de química orgánica, que hace aún más verosímil la posibilidad imaginada. En cuanto a la parte final, donde se precipitan los hechos, resulta un tanto sorprendente; en el epílogo diríamos que queda abierta una puerta a la esperanza…o a una posible continuación de la novela. Quizás nos encontramos ante un símbolo de la eterna lucha entre el azar y la necesidad, el destino y la libertad humana.

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