Entrevista

Entrevista

18 de Febrero de 2016

Por admin
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Fosa común

Javier Pastor

Resumen

Una de las grandes novelas sobre la transición y la historia de una adolescencia al final del franquismo. Fosa común -fosa que alude al lugar del olvido y la injusta arbitrariedad de la memoria- empieza en los años de la transición española con la narración limpia, cercana y divertida de Jaime Arzain, un adolescente en trance de...

"Soy el más cabrón de mis lectores"

 

Nos encontramos en Barcelona, a eso del mediodía, en un agradable hotel de la Avenida Diagonal con Javier Pastor, autor de la recientemente publicada “Fosa común”, una de las novelas imprescindibles del año. Empezamos a hablar sin cafés ni nada de comer. Y poco a poco se va imponiendo la confianza a través de la palabra, hasta conocerle: agradable, culto, serio y cercano.

¿Por qué el título “Fosa común”? ¿Va más allá?

Así como en otros casos se escribe una novela con un título provisional, ésta nació con este título. Además, tiene nueve letras, como todos mis títulos. Dicho esto, el título responde bien a la idea de desmemoria, haciendo una alusión directa a las fosas comunes de la Guerra Civil, a pesar de que aquí me refiero exclusivamente a lo que recordamos y olvidamos voluntaria o involuntariamente y que acaba, de algún modo, en una fosa común sin nombres.

¿De dónde nace la voluntad de recuerdo?

El caso que cuento es real. Ocurrió a 20 metros de mi casa. Cristina, la hija mayor asesinada junto a sus tres hermanos y su madre por su padre, que era Guardia Civil, era amiga mía desde la niñez. El suceso fue traumático. Y la historia me ha estado recorriendo subterráneamente durante muchos años. Pensé en un par de ocasiones en darle un tratamiento literario, pero me negaba, igual que me he negado aquí, a novelar el suceso. Una vez que encontré el contexto, pude encajar la historia.

A pesar de lo espantoso del caso, prácticamente no apareció en la prensa. Solamente una noticia en la página de sucesos de El Diario de Burgos y otra en el ABC...

Cuando empecé a investigar el suceso, hablé con un redactor de El Diario de Burgos para saber si había más información, y me dijo que no. El suceso fue calificado de enajenación momentánea. También hablé con el joven teniente fiscal y me dijo que se había cerrado el caso jurídicamente por suicidio del asesino. Ahí se acabó la historia. Hay que tener en cuenta que dos días antes habían sido fusilados los últimos condenados a muerte por el franquismo. El contexto histórico era terrorífico. Y a Franco le quedaban dos semanas antes de que le diera el primer derrame cerebral. En suma, las razones por las cuales se podía ocultar un asesinato cometido por un militar  con su arma reglamentaria eran varias.

Entonces… ¿Hay muertes que tienen más valor que otras?

Toda la razón. Lo vemos cotidianamente. Este caso es particularmente salvaje porque la tarea de ocultación la llevaron hasta el final.

¿Se habla lo suficiente de toda esta época o más bien ha llegado el momento de sacar de la fosa común todas estas historias?

Creo que convendría, sí. Imagino que deber haber todavía mucho documento clasificado del periodo de transición. Pero el problema es doble en cuanto a la memoria: por un lado ha habido desdén en el sentido de pura investigación del pasado. No puedo entender de otra manera la negativa a la Ley de Memoria Histórica o a desenterrar fosas, entre otras cosas porque se nos mueren ya los que podrían ayudar a entender. Y, por otro lado, los 500 planes de estudio de los últimos 20 años desdeñan también el ejercicio de la memoria.

La novela está divida en tres partes. La primera está protagonizada por un adolescente. ¿Hay algo de ti más allá de esta historia que te tocó vivir en primera persona?

La novela está divida en tres partes e incorpora dos ejes. Tuve que encontrar la estructura temporal y el juego de personas para relatar la historia. Así, contiene una primera parte en el pasado, una segunda en el presente y una tercera, que es la investigación periodística, que va del pasado al presente. En cuanto a las personas, uso la tercera en la primera parte, la segunda en la segunda, y la primera en la tercera. Así, la novela es un viaje de él al yo supuesto, que pretende sugerir que cuando uno habla de sí mismo, en primera persona está haciendo ficción. Desde la psiquiatría se sabe que cada vez que uno recuerda un mismo hecho, añade o quita algo. No hay dos recuerdos iguales. Todo esto pretende revelar hasta qué punto cuando uno dice “yo” está haciendo ficción. Dicho esto, lo que sí es verdad es que es mi novela más autorreferencial. Es la vez que más me he aproximado a lo que pudo ser esa adolescencia “inventada”. No es autobiográfico, no son unas memorias: partiendo de lo anecdótico, me he inventado todo lo que me ha dado la gana. Lo autobiográfico tiene valor aquí simplemente para narrar y urdir unos personajes, espero que convincentes.

¿Por qué la cita del inicio: “Se es de donde se hace el bachillerato” de Max Aub?

Lo que viene a decir el autor es que esa primera juventud, ese tiempo entre la última niñez y la primera juventud es fundamental en la vida de cualquiera. Me decidí a contextualizar la novela en ese último curso 76-77 porque en ese curso me sacaron de mi niñez y me resultó desgarrador. Con 14 y 15 años es un momento fundamental, de amistades reales, de primeras novias... En la cita veo una cierta correspondencia, y es que tenemos una patria que es la primera juventud.

Burgos no se menciona, pero aparece como escenario.

No se menciona y ¡lo que me costó! Aunque todos los escenarios existen en Burgos. Lo hice así por una razón muy concreta: para cualquiera de mi edad, esta ciudad es un arquetipo de todas las ciudades de entonces. Lo mismo hubiera podido suceder en Palencia. La intención era que cada uno que lo leyera se encontrara reconocido estuviera donde estuviera.

Han pasado 7 años desde la última novela ¿Han sido 7 años de dedicación?

Más o menos, suelo trabajar en dos o hasta tres novelas a la vez. Al final, por selección natural, una se impone claramente. A mí me cuesta mucho trabajo escribir. Como decía Flaubert “yo carezco de talento”, me cuesta tanto trabajo cada novela que objetivamente debo carecer de talento. Y además soy muy autoexigente: soy el más cabrón de los lectores, hasta que pierdo esta distancia crítica por saturación y entonces paro, porque he dejado de ejercer el nivel de autoexigencia.

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